“De chico uno siempre soñó con jugar al fútbol”. Así arrancó una de sus primeras entrevistas este 2011 en Olimpia, Pablo Zeballos.
Pero, ¿Con que camiseta Pablo?, ¿Con cuál? ¿Será con la franjeada que tenés puesta ahora o con la de rayas azules y rojas que te ponía tu papá para ir a la cancha?
Sí, tu viejo. Ese mismo que te inculcó el amor por una camiseta que no tiene estrellas y que ni las necesita. Debajo del escudo, late un corazón, un corazón que no necesita dólares para bombear sangre, no necesita de hinchas pagados convertidos a dirigentes, no necesita nada de eso porque tiene a la gente.
Tiene a Josías y a Alex. Tiene Edgar y a Diego. Tiene a hermanos y primos. Tiene un pueblo. Un pueblo unido de Asunción al Chaco, de arriba a abajo. De ricos y pobres. De nativos y extranjeros. De distintos que por una causa eligen ser similares.
Anónimo.
No necesita dinero del narcotráfico ni de los cigarrillos. No necesita de resucitados mesías ni de mágicos polvillos. El corazón azulgrana es distinto a todo, a todo lo que cualquiera se pueda imaginar y a pesar de las traiciones sigue latiendo y lo seguirá haciendo, siempre se fortalecerá de los que se han ido, tentados ahora y pronto en el olvido.
Será por todo eso Pablo que siempre usabas una remera blanca debajo de la azulgrana, una camiseta con la cara de tu propio padre ya fallecido. Una fina tela que quizás te sirvió como escudo para que la sangre que solía correr por tu pecho no se fusione con la de la azulgrana.
Hoy desde arriba, probablemente te den la espalda y te recuerden Pablito, que finalmente la que no te necesita es la azulgrana.